Pablo Coderch.- La fama siempre ha tenido un precio. Hay quien por ser lobo en un mundo de corderos es capaz de todo. Y cuando hablo de todo no me refiero a relacionarse con políticos freaks, famosillos de carton piedra o cualquier persona alienada da esta sociedad del teleshow.
Stephen Glass sabe bien de esto. Este periodista empezó rápidamente, con 23 años ya escribía artículos para la revista de The New Republic y hacía colaboraciones en reputadas revistas como Rolling Stone. Pero el ánsia de reconocimiento pudo con él y cayó en el gran error de realizar buenos artículos periodísticos pero desde la mentira y la falsedad de fuentes, citas, etc.
No es el único caso. Judith Miller es otra “periodista” que antepuso la falsedad en un artículo que escribió en el New York Times, donde engrosaba el expediente del guerrero Yihadista Osama Bin Laden.
La objetividad para muchos es algo imposible pero no por ello se tiene camino libre para interpretaciones o modificaciones. El periodista sólo tiene un deber y es ser fiel a la realidad para que esta no llegue falseada a los demás. Los periodistas tenemos una función que nos ha sido otorgada gracias a nuestra manera de ver el mundo y esta es la de trasmitir el mundo que nos rodea para hacer más fácil su comprensión a los demás. Con esto no excluyo “nuevos” tipos de periodismo como la corriente del nuevo periodismo o yendo más allá al periodismo gonzo. No son necesariamente incompatibles la ayuda de la literatura a la hora de transmitir información o el que el periodista llegue a ser parte de esa notícia – dotándola de otra visión mucho más personal y alejada de la corriente general, pero no por ello menos fiel a la realidad del acto- con un retrato fiel de lo que nos rodea.
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